miércoles, 4 de agosto de 2010

PIER PAOLO PASOLINI




Amado mio preceduto da Atti impuri




                Amado mio


era un aroma a melocotones y carne: recordaba las alcobas de la prostituta…
Desiderio acercó su mejilla a la frente del muchacho;
y este, a su vez, se le acercó.
- qué bien se está junto a ti –insistía Desiderio-.
Eres mejor que una chica.
Chini sonrió, confuso.
- tienes hermanos?
- Sí, uno más pequeño; tiene trece años. No lo has
visto? Es el niño que cuida las bicicletas.
- ah, claro… se te parece, pero tiene el pelo más
lacio y rubio que el tuyo… y ojos de sinvergüenza, ade
más… seguro que es más listo que tú.
- es un estúpido, eso es lo que es.
- no os lleváis bien?
- hay veces en que lo mataría. Quiero hacer siempre lo mismo
que yo, y no se da por vencido ni aunque le rompa la cabeza.
- dónde vivís?
- aquí cerca. Detrás del bosquecillo hay dos o tres huertos,
y en el fondo está mi casa.
Se puede ir también desde aquí por el sendero del parapeto.
……………………………………………………………….
- fue tu madre quién te dio estos bellos ojos y estos cabellos de fuego?
- no sé, todos dicen que me parezco a mi padre.
- ah – prosiguió Desiderio, al cabo de una pausa-,
eres de veras mejor que una chica.
- tengo ganas de besarte – exclamó de pronto.

Aún bailaron un poco más; la confusión en la pista era tal que
nadie se fijó en ellos.
- has besado alguna vez? – le preguntó, siempre en forma repentina.
- Sí.
- Ah, sí? Y a quién?
- lo hicimos entre unos cuantos amigos…
- Salimos? –propuso entonces Desiderio-. Tengo ganas de besarte.





                      Atti impuri

                                         I


Es el aniversario de una semana desgarradora. Hace
un año, por estos días, estuve a punto de llevar a cabo
ese gesto que involuntariamente se me presenta a la
imaginación cuando pienso en mi pecado: el gesto de
mi mano alzándose armada contra mí.
Me vuelvo a ver
echado en la cama, con el rostro vuelto hacia la pared…
de cuando en cuando recuperaba mis sentidos, saliendo
de mi torpor, una especie de parálisis en la que me sen
tía separado de mi existencia.
Nisiuti me había hablado de su confesión,
en la calle, ante la verja a medio abrir.
Fue aquel el momento más angustioso de mi vida.
De pronto vi a Nisiuti lejano, como si una ráfaga de viento
lo hubiese arrancado de mi lado y depositado a una
distancia fabulosa, en algún lugar irreconocible.
Me parece que yo hablaba como en delirio,
dándome cuenta e interesándome incluso por
todas las inflexiones de mi voz;
pero la angustia, la ira, despertaban mi furia
contra él. Lo tomé por un brazo y lo arrastré lejos de
las casas; lo cubrí de improperios, a él y a su religión
(lo que no me impedía sentirme tratado
                                                    injustamente
por la suerte a través de aquel inocente y conmoverme
por mi injusta furia contra él).
Hice que me repitiera las palabras del cura;
                                                     estaba perdido.
Lo acusé de haberme perdido; llegue incluso a
decirle que, habiendo tenido la posibilidad de elegir
entre aquel falso Dios suyo y yo, me había
                                                         rechazado a mí,
y que la elección era ya definitiva.


                                       II
    Esta noche, después de cuatro o cinco días durante
los cuales había estado indispuesto, Nisiuti ha vuelto a
visitarme. Enflaquecido, fatigado, su adolescencia entra
     en una segunda fase.
                   Ya no lo quiero; pero me queda
por él un afecto que se nutre de un año de increíble
amor. A pesar de todo, lo he besado mucho esta noche;
sus ojos ardían con una belleza diferente, no aquella,
tan inconsciente, de antaño.
                                          Había dolor, y miedo, en
aquellos ojos agrandados por el rostro chupado. Y su
cabello tenía una ondulación más viril.
                                                  La transformación
no me duele en el corazón como me habría dolido
en otro tiempo… se ha ido con sus libros; y yo veía cla
ramente, sin callármelo, que mis besos y mis brazos
lo habían enervado.
       Todo esto tendré que expiarlo; ahora es una culpa
sin atenuantes.


                                      III

     Aquella noche, la belleza de Gianni podía tocarse como
un objeto: una luz dorada y mineral que resplandecía
en el interior de su cuerpo, encendiendo más
                                               su carne suave y tibia
                                                                     que sus ojos.
     Bajo la lámpara eléctrica y contra la blancura de las sábanas,
sus pupilas se habían vuelto más sombrías, decolorando
                                           el azul en un índigo velado de rosa.
     Y relucían, ávidas… yo, en efecto, lo acariciaba sin tregua,
jugueteando con su pequeño cuerpo perfecto…
-¡qué musculoso eres!- le decía, tocándole los brazos delgados
y frescos, bromeando. Pero Gianni me tomó la palabra, y
mientras los otros dos chicos estaban ocupados en sus asuntos,
    se deslizó semidesnudo bajo las mantas y,
                                                            asiéndome la mano, me dijo:
-los músculos son más fuertes en los muslos
     Gianni se cansó enseguida de mí, después de aquella anoche.


                                    IV

Es cierto que me quedaba Nisiuti, por quien sentía un amor
muy distinto del que experimentaba por Gianni:
           pero Nisiuti nunca sería mío,
                                        y para mí el único amor
que importaba era el de la carne.


                                  V

    De pronto, sin dejar de sonreír con él, sin dejar de
charlar, le di un beso en la mejilla. Era nuestro primer
          beso.
    El me miró riendo, sonrojándose de sorpresa por
lo extraño de mi acción y de placer por el afecto que le
                                                            demostraba.
    Volví a besarlo una y otra vez; sentía que él se a
vergonzaba, que habría querido apartarse, y que,
                                                                     en cambio,
se dejaba besar para no herir mi impulso de simpatía.
    Seguía riendo en respuesta a mis besos, como si se
tratase de un exceso de amor inocente, y el rubor
     que lo cubría se debía quizás inconscientemente al
pensamiento de que,
                    en mis besos, hubiese algo culpable y
         escandaloso para su inocencia.


                                                             Pier Paolo Pasolini

PPP nació en Bolonia en 1922 y murió en Ostia en 1975.
Publicó en poesía La mejor juventud, 1954, Las cenizas de Gramci,
1757, El ruiseñor de la Iglesia Católica, 1958, entre otros.
Como novelista, publicó Muchachos de la calle(1955), Una vida
violenta(1959). También fue ensayista y cineasta. Algunas de sus
películas son Accattone(1961), Mamma Roma(1952), Teorema(1968),
entre muchas otras.


Obra: “Emergency Escape”, de Chen Wenling
En “Emergency Escape” podemos ver al simbolo de Wall Street
(el toro dorado) embistiendo a un Bernard Madoff con cuernos,
esto hace referencia a la famosa estafa de Madoff, la mas grande
en la historia de USA ($37.000.000.000). 
                                                   

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