martes, 5 de octubre de 2010

LUIS ANTONIO DE VILLENA






       CELEBRACION DEL LIBERTINO


          Antínoo, herido

También es posible que esos ardidos buscadores
de belleza, acechadores del minuto hermoso de la juventud,
también es posible que ellos no sepan amar, sin más.
La infancia, siempre. Un oscuro, herido daño primordial,

cierto, pero (incapaces de darse, egoístas, medrosos,
íntimamente cubiertos de sangre) no saben amar...
Buscan entonces con sed la gloria adolescente del
leopardo, el muchacho de Maratón, el dorio atleta suave

como los rubios aqueos, u oscuro como los coptos
que servían vino y miel... Noche tras noche, la búsqueda
no cesa y el Todo se desmiga en multitud...

¡Con lo hermoso que es compartir la vida en amor,
ver dormir, cansado del amor, a tu buen amigo feliz!.
¡Desdichados estetas, agonizantes mendigos de una luz!.



          Corsario

Piernas tensas. Tacones sonoros. Revuelto el cabello negro...
Era o había sido, hasta que la noche descubrió su cuerpo
largo, fibroso, duro. La magnífica belleza angular de su rostro,
la piel tan fina como el agua dulce, chispazos de fósforo.


En sus ojos - turbadores, negros - alguien ha escrito
un día una palabra soez, maravillosa: Vicio.
¿Qué significa? ¿Albas largas, cocaína, mujeres muy ardientes
besándole los pies? ¿Hombres que han alabado su terso viril joven?

Tirado, sentado en las ergástulas de la sauna, entre
toallas húmedas y aleteantes aves de silente deseo,
basta contemplar la seda de sus muslos ágiles para


olvidarlo todo. Llama es galán su cuerpo. Ansia, cobra...
La deja ver como un reptil perfecto entre lo oscuro.
Apasionado, alarmante, vicioso. ¿Él o tú? ¡Pero qué importa!




El fauno del parque

¡Qué extraño el joven fauno que grita
su hermosura! Al viento el brazo aleve,
como agitando un tirso de flores y de espumas
parece que te mira o te habla o te invita.

Su cuerpo es una danza extática y curva,
su cabello es suave como tarde en un río,
hay una flor extraña prendida en su cintura
y un mudo deseo que hiere en sus pupilas.
¿Qué raro fuego guarda el fauno entre los labios?
Parece de su brazo desprenderse un perfume,
mientras en sangre eterna vence al polvo del aire.
Ideal como la dócil cauda de la tarde,
el joven semidiós triunfa del viandante.
Barro o mármol es oro y amor, solitario, en el parque.



Giovanni Antonio Bazzi "Il Sodoma"

 Sólo la calle me hace falta.
En cualquier acera hallo la Biblia.
El ángel que detiene la mano
de Abraham, o el San Juan joven
que predica en el desierto:
Jordán sus labios y palmeras tiernas.
Lo que pinto, por eso, semeja
otra cosa. Pero es la calle sólo,
la realidad absoluta de este reino.
Todo lo demás es decorado,
simplemente pretexto. Lo que yo
amo, sobre todo, es la vida, el mundo,
la juventud irrepetible, el momento
de la gracia, cruel y transitorio.
Poco me importa que ciertos familiares
no me saluden. O que de mí se diga
que bebo muchas tardes con mozos
de cuerda y pajes que se bañan
en el Tíber. ¡Amo tanto la realidad,
amigo mío, que todos creen que son
fábulas lo que pinto! Sebastián
muriente, o la Troya desolada
de la que huye el crinado Eneas.
Pero no hay nada de eso. Ojos
vistos al azar, cuerpos que amo
en una tarde. Cinturas breves
que arden como la ciudad aquella.
Soy un ladrón de realidad
y creo bien que todo arte es rapto.
Por eso importa más el vivir,
finalmente. Y de una u otra manera,
el artista, señor, es delincuente.



            El verano

Es obvio que no ignora su hermosura.
Camina en la mañana, azul y rubio todo como un día de agosto,
esbelto y largo como una tarde cálida,
coronado de flores pasionarias,
engendrando el deseo y encrespando la dicha.
No va a ninguna parte bajo el sol matutino,
entre mujeres sin manga que hacen compra, pasos de Corpus,
y torres de gótico tardío, bruñidas de una luz radiante.
Llévame, arrástrame contigo...
(Eres un incendio en un mar verde palma,
o el amor simplemente, con guirnaldas y ruidos.
Pasión y belleza habitan en tus días,
y arcángeles cantores circundan tu camino.)
Llévame, arrástrame contigo...
Ufano en la mañana, mientras tus ojos cantan
y tu figura larga acicatea el ocio en plazuelas con fuente,
palacio y bar antiguo...
                                          Y al volver ya la esquina,
como una stravaganza de música barroca,
te vuelves, me sonríes (sabes bien que he mirado)
y me guiñas un ojo, dulce,
                        feliz,
                                                     provocativo



    El joven de los pendientes de plata

Llevaba días viéndole en el bar,
apoyado en la barra y bebiendo cerveza.
Jamás respondió a mis miradas
(que probablemente no viese) y cuando
pregunté a los parroquianos si sabían de él
ninguno -ni los camareros- pudieron darme nuevas.
Apenas hablaba, y aunque joven de cierto,
parecía perdida su mente en lejanías,
como si algo le arrastrase hacia un remoto tiempo.
Moreno, con las botas negras y chaquetón azul,
llevaba en coleta el pelo, y pendientes de plata.
Pero eran sus ojos sobre todo, sus profundos
y grandes ojos garzos, lo que más me impresionaba
en aquel hermoso y triste solitario de la barra.
No: La gente siguió sin saber nada. Y entonces
me decidí (suelo ser muy osado) y me acerqué
y le pregunté, invitándole a la par a otra
cerveza. Me miró sonriendo -sin sorpresa-
y tuvo la actitud del que concede, aunque
apenas dijera una palabra. Tras ciertos circunloquios
vanos, contestó que su oficio era el mar.
Que había viajado mucho, cambiando también
de empresa, y que en fin, estaba muy cansado.
Hablaba un español con acento entre holandés
y brasileño, y mientras decía y bebía (cordial siempre)
perseveraba su dejo de añorante distancia.
Le propuse si quería acompañarme a casa,
y beberse conmigo -oyendo música- la última cerveza.
Sonrió como quien ya supiera, y me hizo otro gesto
indicando la puerta. Mis amigos me vieron salir,
amedrentados, con aquel extranjero de pendientes argénteos.
Y cuando concluimos la cama y las cervezas,
y hablamos de aventuras y pasiones, y del amor
al riesgo, mientras se vestía (cuerpo delgado
y duro, cálido y cobrizo) torné a preguntarle quién era
y como se llamaba, pues nunca dijo el nombre.
Con un leve desdén en la boca perfecta,
me pidió dinero para pasar la noche y replicó
(abrochándose el cinturón y francamente hilarante)
Ya ves, tío, yo soy el último pirata del mar
de los Sargazos. Le contesté riendo: ¿Pero aún
queda alguno? Nosotros ya creíamos que todos habías
muerto. Y entonces, con tristeza, tras tomar el billete,
y a punto de largarse, me miró suavemente:
Pequé con delirio en los mares de España. Adiós, chico.
No me permiten todavía que muera. Y escuché el ascensor
y el sonido del viento que en la calle silbaba.



        Cesar Moro

Se llegaría a hablar -como de varios otros-
de una soledad desdeñosa y altiva.
Dirían muchos (con desprecio) que se creyó un genio,
porque acaso jugó algún día a serlo,
y desde luego nunca aceptó la confusión del gremio.
Fue inevitable hablar de su afán de distancia
y dandysmo. De su penuria. De sus muy malas rachas.
De su nunca estar a gusto. Y naturalmente
(siempre alimenta eso) de sus vicios no ocultos,
y de las vanas locuras a que un obrerito le condujo.
Y es cierto que fue rey y también miserable.
Que se aupó hasta el delirio, e íntimamente supo
que no valía mucho más que ningún otro hombre.
Que se pensó divino, soñando en liquidar el yo,
y padeció y sufrió porque la suerte quiso,
y porque él no aceptó (aunque dudase a veces)
destinos más oscuros. Centuplicó la apuesta,
sabiendo que el croupier no tenía fondos,
y ansió lo más alto, lo perfecto y lo noble,
no ignorando que sólo vuela el sueño,
y de fango y basura se levanta lo otro.
Supo que era tan hondo su fracaso
que procedía de antes aún de haber nacido.
Y pese a ser sólo un raro, un huidizo,
un huraño, un hombre antipático y engreído
(sin causa) y un maricón solemne,
triste, sin futuro, y tan eufórico a ratos;
a pesar de su hermoso vacío, de su historia frustrada,
de sus palabras bellas, perdidas en el viento,
y que los siglos volverán -como éstas- perdidas;
pese a tanta extrañeza y tanto horror,
y tanto hueco negro, y sima y disfortuna
(todo cuanto no oculta el porte digno
ni el aire escrupuloso, egótico y vampírico)
escribió: Sé que amo la vida por la vida
misma, por el olor de la vida...
Probablemente eso (en noches, tan visible)
ese tirón tan sólo de delicia y de cieno
le apartó del derrumbe, y le otorgó valor,
dignidad, honor, resistencia y belleza. Sólo eso.

                                             Luis Antonio de Villena

LAdeV nació en Madrid en 1951. Es licenciado en Filología Románica.
Realizó estudios de lenguas clásicas y orientales, pero se dedicó nada más
concluir la Universidad, a la literatura y al periodismo gráfico y después al
radiofónico.
Publicó, aún con 19 años , su primer libro de poemas, Sublime Solarium.
Otros poemarios son: Syrtes, El viaje a Bizancio, Hymnica, Huir del
invierno, Marginados, Afrodita mercenaria, Desequilibrios.

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