miércoles, 6 de octubre de 2010

DIEGO MANSO






       LA RABIA EN EL VIENTRE




               Jápines

                                                     Para Hernán
                                    Y nunca quise hablarte de nidos de amor,
                                                                                sino de trincheras.

Nos quedamos hasta más tarde para ver el acuario.
Cuando hay mucha gente los peces se esconden.
Ahora somos dos y ellos salen de entre las plantas:
miran cómo los miramos,
se arrebujan,
se contonean en torno del playmovil con escafandra,
mueven las colas como foxterrieres.
Yo tengo una gargantilla con púas.
Vos unos anteojos de cantante ciego.
Esas cosas deben darle miedo a los peces,
porque sus ojos se vuelven más redondos
y sus boquitas parecen soltar órdigas y repámpanos.
A veces, entre mirada y mirada
- cuando vos me das tus ojos y yo los míos -,
notamos que quisiéramos ser como los peces:
tener la cara así, achatada de apoyarse contra los cristales,
y en la panza un sinfín de colores alineados, todos en degradé.
Nosotros tenemos estas manos que a ellos les faltan:
a menudo las usamos para tocarnos.
Eso es algo que nos conforma.

Nos quedamos hasta más tarde, entre las barreduras,
orando en un lenguaje de agallas y opérculos,
tu mano al trasluz de la pecera,
mi mano sobre el agua, acariciándola.
Absortos ya los dos en el confín del tacto,
los peces suben a besarnos.

(No sabemos si somos el trasluz,
el agua, los peces, o mismamente la caricia.
Si somos esperanto o volapuk del amor.
Si somos de alguna jeringoza el badajo.)

Y los peces suben a besarnos.
Rendido,
tu sueño es un panorama de enmalles y espineles.
Así te guardo en el cuenco de los ojos:
embobado
miniatura
huerfanito de convento
combadas las líneas de tu cara.
Así te guardo, príncipe color de carne,
heredero de nadie,
sucesor de nada,
en cápsula de besos escamados,
te guardo.

Y los peces suben en una espiral de burbujas.
Seltz de pecera.
Soy un reflejo escarchado en el vidrio.
Me llamás esturión o lamprea,
dorado o rana pescadora.
A veces me llamás con un chapoteo corto:
yo acudo de Báltico o de China,
estampillado vengo, pez volador,
rodaballo, velamen, sardineta.
A cuantos fueran mis nombres,
acudo.

Nos quedamos hasta más tarde para ver el acuario.
Ahora somos dos,
y el silencio es el último surco de un tocadiscos muerto.
Los peces salen de entre las plantas. Se arrebujan.
Tu idioma es la contradicción entre el cuerpo y la palabra.
Mudo y sin mentís te removés en brincos y croles.
El mundo es tu pecera.
Dejé mi corazón en el desove.

No te dije que la felicidad era esto:
cargar el dolor en la complicidad de las simetrías.




                   Récipe

Amor,
llené la heladera con cartones de jugo tropicana
para que el invierno no te pille desprevenido
y abandones el martirio de los catarros y las ventosas,
el cof cof que te obliga a tenderte de lado en la cucheta,
aferrado a un cojín que no podrá decirse idéntico a mi cuerpo.

Te planché las camisas. Los frunces, los volados.
Cambié las ballenitas. Cosí innumerables botones.
Acomodé las prendas en el perchero formando un degradé.
Abandoné mi corazón junto a la naftalina, en un bolsillo íntimo,
entre los overoles y el capote de brega.
Mi corazón que fermentará en un lugar oscuro,
apartado de los malos aires, eremita de buhardilla,
como un charqui o un rebojo que almorzarás cuando te plazca.

Puse mi retrato en la repisa. Pasé el plumero
y luego puse mi retrato en la repisa,
en el estante donde tus muertos asoman sus cabecitas de foto carné,
cerca de la desatanudos y el equeco,
donde un ratón de caracolas anuncia tus “recuerdos de Punta Arenas”.
Algún día me prenderás una vela,
que será blanca como exigen los piadosos memorandos,
blanca como la vajilla que lustré y apilé en el secaplatos.

Colmé los frascos con fideos.
Raspé el fondo de la azucarera.
Pulí los bronces
y mi nariz fue gigantesca en el reflejo de la platería.
Dispuse sobres de lavanda entre tus calzones.
Me quedó tiempo y amasé una pasta frola.

Cuando regreses querrás saber si alguna vez
mis huellas dactilares habrán rozado tus contornos.
Seré un leve rastro, tal vez el olor de un potaje.
A lo mejor ni siquiera adviertas
que doblé los repasadores en perfecta simetría.

No sé qué pensarás cuando regreses,
cuando el fantasma que habita en tu sábana
te susurre la mano que impregnó el almidón,
la que bordó de iniciales el embozo
y escardó el colchón donde vas a reposar afrechos y fajinas.

A veces me recrimino tanta diligencia.
Soy tan hacendoso como una puta triste.




           Pasatiempos

Él me dijo que con esa campera se sentía poderoso.
Un as a la hora de las determinaciones.

Yo le dije que cuando uso este rosario con cuentas de madera
me descubro valiente y eficaz,
que soy de pronto un héroe doméstico.

Él me dijo que va de fiesta en fiesta para evitar la abulia.
Que tiene armado un cronograma.
Lo escribe con marcadores bermejos.
Hace círculos y cruces.
Traza empalmes y anota sugerencias.
Ha inventado un sistema de clasificación para las fiestas
basado en la intensidad de las luces estroboscópicas.

Yo le dije que tomé un ácido con forma de Winnie the Pooh
en el baño de Réquiem.
Que me pareció una osadía inútil.
Que la felicidad habita dentro mío como un páncreas
o una epífisis,
que sólo es cuestión de pensar en ella para saber que está ahí.

Él tiene muchos lunares en la espalda.
Lunares numerados.
Se tendió en la cama y con un bolígrafo seguí los puntos.
Quiso disuadirme explicando que otros ya lo habían intentado.
Pero yo tengo la felicidad dentro de mí,
sé dónde queda y la uso.
Voy trazando confluencias y bifurcaciones.
Ahora aparece un puente y luego el margen de un río.
Después una góndola y más tarde un árbol precioso,
el tronco recto y la corona redondeada.

Él me dijo que cuando se pone esa campera
y se siente poderoso no piensa en al amor.
Que ayer la mandó a lavar
y especuló con que estaba enamorado de mí.
A veces le pasa que piensa en mí entre fiesta y fiesta.
Piensa en mí en los taxis,
sobre el mostrador de la lavandería
antes de que le devuelvan la campera con superpoderes.

Cuando me quito el rosario me vuelvo infantil y absurdo.
Me lo olvidé en su casa y tardé un semana en recuperarlo.
La señora de la limpieza lo encontró bajo la cama
y lo colgó de un perchero.
Él me reveló que no quiso ni tocarlo,
que le daba repelúz.
“Durante toda esa semana
anduve madurando la idea de quererte”,
estuve a punto de confesarle.
Pero justo él me devolvió el rosario.

Él tiene muchos lunares en la espalda
y yo tengo un bolígrafo en la mano.
Estoy a punto de completar el dibujo.
“Es un paisaje”, le digo.
Él corre a mirarse en un espejo.
“Es un paisaje”, me dice.
Ajá, es un paisaje.

El primer día le mostré mi colección de postales.
Guardo el mundo en una carpeta foliada,
con carátulas que dividen continentes.
Ahora él se mira en el espejo y recita mis postales,
en orden, no se olvida de ninguna.
Tengo una postal que reproduce
exactamente el dibujo de su espalda.
No me resigno a pensar que su espalda reproduce a la postal.
Su espalda es anterior al mundo.

Después se sienta y me observa.
Dice que tengo los ojos muy verdes,
piensa que todo lo debo ver de color verde,
que cómo hago para vivir
si a mi alrededor todo apesta a naturaleza.
Supone que leo libros de pasto,
que duermo en camas de pasto,
que me enamoro de hombres de pasto.
“¿Yo soy de pasto?”, me pregunta.
Entonces prefiero irme.
Me cuelgo el rosario al cuello y desaparezco.
Me voy a mudar a una postal.

“¿Soy de pasto?”, repite.
Me quito el rosario y regreso a la escena original.
Le digo que me cuesta,
que hace tiempo que vivo en un microcosmos de ausencias.
Él me dice que no quiere usarme de apósito protector
para sus heridas.
“Mostrame la espalda”, le pido.
Él tiene fibras y crayones en una lata vacía de lychees
que usa a guisa de portalápices.
“Traela”, la señalo,
y el rayo láser de mi dedo índice dibuja una elipse.
Entonces le coloreo el dibujo de la espalda.
El cielo y el río.
El árbol y la góndola.
Los pájaros, que son variopintos.

“Pronto se acabará mi rutina de fiestas”, se persuade.
Mañana se comprará una campera nueva.
Mañana me voy a atar otra cinta en el tobillo.
No nos veremos por varios días.




                              Ineludible

Las ocupaciones superiores son superiores a mi metro setenta de estatura.
Son superiores a la altura de mis zapatos.
Son superiores a la distancia que cruzo entre el bordillo y la acera.
Son superiores a la necesidad de escupir un chicle remascado por la ventanilla del taxi.

Las ocupaciones superiores son superiores a las sobras del desayuno:
una tostada
un cruasán
una madalena
un plato relamido de mermelada.
Son superiores al decoro de lavar la vajilla y dejar la mesada sin una miga.
Son superiores a Dios mismo:
un dios de plastimasa puede ser
un tótem
una foto de James Dean.
Son superiores a las plegarias, a la letanía de un solo nombre.

Las ocupaciones superiores son superiores a mirar al gato que se acomoda en la cornisa.
Son superiores a todos los gatos del Botánico incluso
a los gatos de los hospitales
a los gatos de las viejas locas que alimentan gatos
a los gatos amaestrados del Circo de Moscú.
Son superiores a desnudarse para buscar el sueño.
Son superiores a desnudarse para ir a la ducha
al propio manoseo
a la playa nudista de Chapadmalal
a encontrarse en un espejo y decir: "esta es mi teta y le pongo un nombre".

Las ocupaciones superiores son superiores a preparar la boca para un beso.
¿Qué vale un beso?
Saliva
microbios
lenguas como sapos con espasmos
muelas cariadas
pastillitas de mentol.
Nada. Poco menos.

Las obligaciones superiores son superiores al terror de volverse cotidiano.
Ser el color de una pared
el agua de un grifo
una parva de colillas.
Ser lo que se prende y se apaga
un lirio de plástico
una tijera sin punta.
Ser para vos ese mueble que te falta:
un perchero
un pupitre
un vargueño.
Lo que sea.
Un comodín. No importa. Parece ser que estoy para cosas chicas.
Un secreter puedo ser.
Una borla.
Un zócalo.
La alfombra puedo ser, pero no me animo.

A lo mejor puedo volverme simplemente ubicuo y entrar como un viento bajo el burlete.
A lo mejor me vuelvo pasta de dientes.
A lo mejor me vuelvo un toldo para el verano.
A lo mejor me vuelvo elemental y útil como el gas de la hornalla.
A lo mejor me olvido que a mí también me demandan
el Aconcagua
el safari del fin del mundo
la estampita con mi porte y mi cinturón de tachas
la caza de ballenas en Puerto Pirámide
un busto laureado en Père-Lachaise.

Yo también camino unos milímetros al ras del suelo.
Yo también estoy pagando mi derecho de piso.

                                      Diego Manso

DM nació en Buenos Aires en 1976. Publicó La rabia en el vientre (La Bohemia, 2001),
libro que presentó en Zapatos Rojos.



Obra de Go Mishima (1921-1989) uno de los pioneros del dibujo gay japonés. 
Empezó en los años 60 "Hozoku-Kitán", para mas tarde colaborar con "Bara", 
"Barazoku" y "Sabu".

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