domingo, 28 de octubre de 2012

OSCAR WILDE





DE PROFUNDIS


Yo quiero poder llegar a un punto en que pueda decir con toda sencillez, sin hipocresía, que mi vida tuvo dos momentos decisivos: cuando mi padre me envió a Oxford y cuando la sociedad me mandó a la cárcel. No quiero decir con ello que el haber entrado en la cárcel sea lo mejor que me podía haber sucedido, pues esto implicaría una amargura excesiva contra mí mismo. Prefiero decir u oír decir de mí que habré sido un hijo característico de mi tiempo, que, en mi perversidad, y a causa de ella, he convertido en malo lo bueno de mi vida y lo malo en bueno.
Sin embargo, poco importa lo que yo u otros puedan decir. Lo esencial que se me presenta y que he de realizar, si no es mutilado, destruido o defectuoso el breve tiempo que aún me queda, es absorber en mí todo cuanto se me ha hecho, convertirlo en una parte de mí mismo, aceptarlo sin protestas, ni resistencias, ni temores. El mayor de los vicios radica en la vanidad, y sólo cuenta lo que ha llegado a comprenderse. Todo lo que llega hasta la conciencia es justo.
Al principio de mi reclusión hubo quien me aconsejó que intentara olvidar quién era. Resultó un mal consejo, ya que sólo dándome cuenta de lo que soy he podido hallar algún consuelo. Ahora hay quien me aconseja también que, en cuanto sea puesto en libertad, procure olvidar que he estado en la cárcel. Más sé que esto sería igualmente fatal, porque estaría siempre obsesionado y toda mi vida me sentiría perseguido por un insoportable sentimiento de vergüenza, y todo lo creado para mí y para los demás: la belleza del sol y de la luna, el cortejo de las estaciones, la armonía del amanecer y el silencio de las dilatadas noches, la lluvia murmurando entre el follaje y el rocío que cae sobre la hierba y la platea, todo estaría como mancillado para mí y perdería su poder curativo y su propiedad de esparcir alegría. El lamentar la propia experiencia es como sellar con una mentira los labios de su propia vida. Es nada menos que intentar renegar de su propia alma.
Sin embargo, así como el cuerpo absorbe toda índole de cosas, lo mismo las más ordinarias e impuras que aquellas consagradas por el sacerdote o el éxtasis, y las transforma en agilidad y vigor, en el juego hermosos de los músculos, en las formas de la carne luminosa, en los tonos y redondeces de las cabelleras, los labios y los ojos, así es también la actividad nutritiva del alma, que puede transformar en nobles excitaciones y pasiones de gran alcance lo bajo, lo cruel y degradante; más aún: que puede encontrar precisamente en ello su modo más noble de afirmarse y que, con frecuencia, se exterioriza del modo más perfecto a través de aquello cuya intención primera era de profanación o de destrucción.

The Oscar Wilde Collection.

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